Giselle

Diumenge passat vaig veure el ballet Giselle, interpretat pel Ballet de Moscú. No havia vist l’obra quan vaig escriure aquest relat que comença amb la primera frase del Quixot i el vaig escriure en castellà perquè així eren les bases d’un concurs de RNE. Evidentment no el vaig guanyar, però el vaig recordar diumenge veient les ballarines movent-se al escenari com si fossin ingràvides i no tenguessin ni ossos ni articulacions.

Giselle

Todo aquello de lo que quisiera olvidarme

 “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”… y podría seguir recitando mucho más. Antes de venir me aprendí páginas enteras de memoria. Lo hacía para aprender español y también porque pensaba que aquí todo el mundo era capaz de recitarlo de memoria y si yo podía hacerlo enseguida sería una más de ustedes ¡Tenía tantas ganas de venir! Yo iba a la academia de baile desde que era una mocosa que no levantaba dos palmos del suelo, bailar era, algunas veces aún pienso que lo es, lo más importante del mundo. Bueno, de mi mundo, que a mí me parecía tan pequeño, tan insignificante, tan poca cosa que estaba segura que un día podría cambiarlo. Bailar, pensaba, sería la llave que me abriría las puertas del mundo que se extendía más allá de las cuatro paredes de mi casa y de las montañas que rodeaban mi pueblo. Bailar y estudiar. Soñaba con ser una gran bailarina y me veía interpretando a Giselle en el teatro nacional de Bucarest, saltando desde allí al Bolshoi de Moscú y llegando por méritos propios a París, a Londres a Nueva York. Para conseguirlo bailaba y estudiaba sin descanso. Mi familia confiaba tanto en mí que me permitían no ayudar en las tareas del campo y de la casa, mientras mis dos hermanas se cargaban todo el trabajo y me veían como la señoritinga, la protegida de la familia, pero en el fondo me envidiaban y me admiraban, creo que a partes iguales. Y yo bailaba y estudiaba. Con diez años empecé con el inglés, si quería llegar a América no me bastaría con el ruso que aprendía en la escuela. Nunca había pensado en España hasta que mi profesora de baile nos dijo que aquí el ballet clásico estaba de moda, que en cada pueblo había un teatro y una compañía propia y que se estaban contratando muchas bailarinas de mi país porque nos consideraban muy bien formadas. Entonces fue cuando me puse a estudiar su lengua y su cultura, estaba segura que eso y bailar bien sería mi pasaporte para llegar aquí cuanto antes. Pronto descubrí que Cervantes era su mejor escritor y que El Quijote era la novela nacional, pensé que debía ser algo así como el poeta Eminescu para nosotros y, si nosotros podíamos recitar muchos de sus poemas, ustedes debían saberse también de memoria trozos enteros del Quijote. Por eso cuando llegué hablaba en un español incompresible para algunos de ustedes, el que había aprendido comparando las palabras de la novela en español con las de la traducción al rumano que conseguí en la biblioteca de mi escuela. Aunque tampoco es que haya necesitado mucho usar esta lengua que tanto me costó aprender. De todas maneras pronto descubrí que a las calzas las llamaban medias, al rocín caballo, al morrión casco o a la adarga escudo y que, entre los españoles que trataba, ninguno había leído El Quijote. Pero antes de eso pasé la adolescencia en mi pueblo, como siempre, bailando, estudiando y soñando con abandonarlo. Entonces mis sueños tenían un objetivo concreto, ser contratada en una de esas compañías de baile españolas en las que ya bailaban dos de mis compañeras, las mayores, que con 17 años habían sido contratadas para bailar aquí, sin casi saber español, excepto lo poco que yo les había enseñado en los dos meses antes de su partida. Seguí con mi baile y su Quijote hasta que, al final, lo conseguí. Tenía 16 años y mi profesora me recomendó a los dos representantes de una compañía de ballet que se estaba formando en algún lugar de España del que ni siquiera me importó su nombre, por eso aunque quiera acordarme no podría decírselo. Pero no tenía ninguna importancia. Firmé un contrato. El viaje corría a cargo de la empresa y empezaría a cobrar, poco para el nivel de vida de España, ya me avisaron, pero suficiente para mandar algo a la familia porque la compañía proporcionaba alojamiento y manutención a sus bailarinas. El primer año sería de formación y cuando empezaran las giras y las actuaciones el sueldo se vería incrementado sustancialmente ¡Qué poco me importaba el sueldo cuando lo que yo quería era atravesar esas montañas que me tenían prisionera, bailar y ver el mundo! Me recogieron un mes después y viajé con otras chicas que tampoco sabían muy bien el lugar exacto dónde iban, sólo que habían firmado un contrato para trabajar, algunas eran bailarinas como yo y les habían dicho que trabajarían en hoteles o teatros, a otras les esperaban trabajos como empleadas domésticas o camareras y, eso sí me extrañó, ninguna hablaba español. Llegamos a Madrid y allí nos separararon. De las otras chicas nunca he vuelto a saber nada Yo viajé sola con dos rumanos que nos esperaban en el aeropuerto. Sólo supe que llegamos a una ciudad cerca del mar, porque lo vi poco antes que el coche parara en ese maldito lugar cuyo nombre nunca supe y de cuyos recuerdos nunca podré olvidarme. Lo que sí supe en menos de una hora fue que todos mis sueños se habían reducido a la más espantosa de las pesadillas. A partir de aquel momento sólo bailé contoneándome agarrada a una barra vertical y mi trabajo ha sido el mismo durante casi dos años en los que no me han dejado ni siquiera llorar. Me pagaban algo para que lo mandara a la familia a la que me dejaban llamar una o dos veces al mes, siempre vigilada mientras les decía que estaba aprendiendo mucho, que era muy feliz, que pronto íbamos a estrenar una obra y, la única verdad entre tantas mentiras, que desde que llegué había sido seleccionada para ser Giselle. Sí, ese fue el nombre que les dije cuando me instaron a buscar uno que sonara mejor que Viorica, mi auténtico nombre que ahora ya casi había olvidado. Como Giselle he pasado todo este tiempo, ya no sé ni cuanto. Al principio intenté rebelarme, pero mis gritos y mis intentos de huir desaparecieron bajo las bofetadas de los guardas del club y las amenazas de la encargada del local. Vi que no podía hacer más que obedecer y lo hice en silencio. Durante el día podíamos dormir y descansar en una habitación dónde nos hacinábamos entre 10 y 15 chicas, dependía de la temporada. La tarde y la noche eran para exhibirnos en aquel horrible local y ser seleccionadas por cualquiera de los clientes. Hasta 5 hombres diferentes en una sola noche. Por eso fuí aumentando el consumo de aquellas pastillas que me hacían olvidar el horror que estaba viviendo y que también han sido las que quebraron mi voluntad hasta tal extremo que un día me di cuenta que ya ni siquiera era capaz de imaginarme bailando. Como Giselle, era ya un espectro, y ni siquiera podía aspirar a descansar en paz. Por eso cuando aquel policía me preguntó si estaba allí voluntariamente sólo fui capaz de llorar y no pude articular ni una sola palabra. Por eso pensaron, erróneamente, que no sabía su lengua y, acertadamente, que tenía miedo, mucho miedo y me sacaron de allí. Desde aquel día combato los recuerdos de aquel lugar de cuyo nombre no puedo acordarme pero en el que viví los peores de mis días ¿Usted cree que podré olvidar todo eso y volver a bailar algún día?

ESTAMPES ÍNDIES (2)

Una altra de les empremtes del meu darrer viatge a Índia

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ESTAMPA 2: LECTURA DIALÒGICA A BENARÉS
Tornes a ser a Benarés, la ciutat habitada més antiga del món, diuen que du més de 3000 anys sempre habitada. Varanasi és també el seu nom, la ciutat a on els rius Varuna i Assi s’ajunten amb el Ganges. La ciutat a on hi conviuen la mort i la vida entre renous, carrers farcits de vehicles fent sonar les seves botzines, vaques, venedors, baiards fets de canyes que transporten cossos de morts embolicats amb teles de colors i gent, molta gent. I brutor, molta brutor, perquè el Ganges serà un riu molt sagrat, però banyar-s’hi deu llevar els pecats, com creuen els hindús, però costa entendre que no llevi també algun bocí de pell.
A la vorera del Ganges sols es pot arribar caminant i després de travessar un manat desordenat de carrerons estrets i molts d’ells esglaonats. Llavors arribes a la vora del Ganges i ja lluny del renou intensíssim de la ciutat, davant teu es desplega un món que et sorprèn a cada pas. És la segona vegada que visites la ciutat i ja anheles la tercera.
Les pires funeràries als dos crematoris a la vorera del riu. Els homes i les dones que baixen els ghats, els esglaons que permeten accedir a l’aigua, i s’hi banyen. Barques que duen llenya i transporten persones. Vaques. Més vaques. Cans. Venedors de les coses més diverses, menjar i flors. Santons asseguts i caminant, pintats i vestits amb robes diverses, més aviat poques.

Pots triar caminar o asseure’t a qualsevol esglaó i davant teu la vida i la mort passen en una dansa de colors i formes que et costa processar. Benarés demana temps, i paciència, seure, caminar, mirar, escoltar, olorar i sentir, sobretot sentir.

I entremig de tantes i tantes estampes índies, una crida especialment la teva atenció. Dos homes estan asseguts a un escaló perpendicular a la vorera del riu, enmig del passeig, devora un venedor de flors i envoltats de gent que passa pel seu costat caminant. Ningú els presta atenció. No destaquen com els ioguis asseguts immòbils o els santons de llargues barbes vestits amb teles blanques, vermelles o taronges, o quasi nus i pintats amb cendres. No poden competir amb l’elegància i els colors les dones que estenen els seus saris banyats en sortir del riu un cop s’han posat un d’eixut, ni amb els nuvis que fan ofrenes acompanyats d’algun brahman. Aquests dos homes són vells i no destaquen gaire entre el festival de colors i personatges als quals la teva mirada no dóna l’abast. Però han atrapat la teva atenció perquè aquests dos homes estan llegint. Els dos. Alhora. Un text, dues persones. Un llegeix. L’altre escolta. El que ha llegit sembla que li explica al que ha escoltat. I en parlen. Lectura dialògica en estat pur.

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Entremig de tot el que passa al riu i a la vorera, tothom troba el seu espai per dedicar-se al que vol en cada moment. N’hi ha que mediten, que parlen, que s’hi banyen, que van, que venen, que fan massatges, que cremen morts, que els acompanyen, que compren, que vénen, que seuen bevent te… i també alguns que comparteixen la lectura.
No podràs saber ni que llegien ni què comentaven, però aquesta escena, l’atenció d’un, la lectura de l’altre i el diàleg dels dos ha estat una de les estampes més reeixides de Benarés.