Sólo le pegué lo normal

Le agradezco que haya venido. Me hará bien poder hablar con usted que, como también es un hombre, quizá pueda comprenderme. Hasta ahora nadie lo ha hecho. Desde que llegué no he dormido más de dos horas seguidas y siempre durante el día. De noche no consigo pegar ojo, sólo pienso en ella. Yo la quiero, ¿sabe? Nunca quise a otra mujer. Claro que me acosté con otras, pero eso es otra cosa, querer, querer, sólo la quise a ella.

Llevábamos casi 30 años juntos. Cuando la conocí era sólo una niña, no sabía nada de la vida. Yo se lo enseñé todo. Cuando nos casamos ella trabajaba, ocho horas diarias por un sueldo de miseria. Yo en la obra ganaba bastante para que ella estuviera en la casa cuidando de mí y de los hijos que tuviéramos ¡Y tuvimos cuatro! Esos que ahora no quieren ni verme, ¡a mí que me dejé el pellejo en el andamio para darles todo lo que quisieron!

Como le decía, en cuanto nos casamos la quité del trabajo y la puse en la casa. No me gustaba que saliera cada día, que se arreglara, que tuviera que atender a tantos hombres como pasaban por aquella ferretería y que, encima, cuando yo llegaba harto de trabajar no estuviera la cena a punto. Ya le dije que era como una niña, perdía el tiempo con las amigas, se le pegaban los guisos, nunca acertaba el punto de sal… Total que día sí y día no tenía que aplicarle algún correctivo. Luego, cuando la veía llorar o con un ojo morado, ¡ella que era tan guapa!, o cuando en la cama se daba la vuelta y no quería ni mirarme, entonces le pedía perdón. “Nena, ¿no ves que lo hago por tu bien?, para que seas una buena esposa y una buena madre, la mejor, la madre de mis hijos”. Luego ella se daba cuenta que lo hacía por su bien y me decía “ya verás como voy a aprender a hacer las cosas mejor”, mientras nos abrazábamos y nos amábamos, perdonándonos.

Y así pasaron los primeros años y tuvimos los 4 hijos. La Mari, la mayor, clavadita a su madre y la culpable de que todo esto haya pasado. Después vino el Juanma y después de 5 años, los gemelos. Con los niños se volvió más díscola, me levantaba la voz y se revolvía como una gata cuando les aplicaba algún correctivo. A los hijos hay que educarlos, ¿o no? Fueron unos años malos y yo empecé a beber. Un día llegué borracho y se ve que me pasé, pero yo no me acuerdo de nada. Cogió a los dos niños y se fue a casa de su madre. Mi suegra la aconsejó bien, yo le pedí perdón y volvió a los dos días ¡La quería tanto, cómo puede alguién pensar que quería hacerle daño!

Los chicos fueron creciendo y uno detrás de otro se fueron de casa, primero el Juanma que dejó de hablarme hace más de 5 años y que ahora ha vuelto sólo para insultarme. Luego se fueron los gemelos, ellos siempre tan juntos, encontraron un trabajo bien lejos, se despidieron y se mudaron de casa y de ciudad. La Mari se casó con un calzonazos que la deja hacer todo lo que quiere ¡Con decirle que hasta dejó de trabajar un mes para cuidar de la hija que tuvieron ahora hace un año! ¿A usted le parece que un hombre se ha de quedar en casa cuidando un bebé mientras su madre se va a trabajar?

Yo no se si mi Mari se dejó influenciar por ese hombre o qué, pero se empeñó en que su madre me denunciara hasta que lo consiguió. Sí, sí, ¿puede usted creerlo? ¡mi propia hija! La primera denuncia fue hace 4 años y tuve que dejar mi casa ¡Mi casa, si señor! La casa que se había pagado con el sudor de mi frente, con las miles de paletadas de cemento que he echado en esta mierda de vida que me he jugado día a día subido en el andamio.

Mi madre me ayudó a convencerla para que quitara la denuncia y me perdonara. Y le juro que estos 4 años han sido buenos, sólo le pegué lo normal, ¡que digo, lo normal, muchísimo menos! … Perdone que llore, pero supongo que es que tantos días sin dormir me han afectado más de la cuenta. Yo nunca había llorado ¡soy un hombre! Por eso, porque soy un hombre, no podía consentir que se metiera en la cama con otro. ¿Usted lo hubiera consentido? ¡Pues claro que no!, usted es hombre y supongo que me entiende ¿verdad? Porque hasta ahora no lo ha hecho nadie, ni mis hijos, ni, desde luego, la jueza que me mandó aquí sin querer ni escucharme.

En mis noches de insomnio me atormenta pensar en ella, mi gran amor, y verla allí, desnuda, en la cama de otro. A veces pienso que me pasé, que quizá debería haberlo solucionado como había hecho siempre. Así ella estaría viva y yo no estaría aquí. Pero no, no podía consentirlo, ¿usted me comprende, verdad?